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Fiesta de la Inmaculada Concepción de María

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Con el gozo de los hijos que aman a su madre, las Siervas de Jesús celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción.

Santa María Josefa dice a sus hijas: “Deben distinguirse en la devoción al misterio de la Inmaculada Concepción de la Stma. Virgen, procurando la mayor pureza en sus obras, en su corazón y en la guarda de sus sentidos”.

Unidas a toda la Iglesia, festejamos a nuestra Madre del cielo, esperanza nuestra y de todos los hombres.

En este día de la Inmaculada, S.E.R. Mons. Antonio Cañizares ha escrito una carta a los fieles, que por su belleza transcribimos algunos párrafos de la misma:

Carta del Cardenal Arzobispo de Valencia, S.E.R. Mons. Antonio Cañizares.

Celebramos, un año más, la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen Santa María. Día grande en la Iglesia, día grande en España, de la que es Patrona la Inmaculada.

Parémonos un poco y miremos a María Inmaculada desde su concepción; toda santa, a la que Dios preparó como su intacta morada de gloria; llena de gracia, inundada y empapada por el Espíritu Santo; toda hermosa, a la que el Altísimo revistió con su poder. En ella, la humilde esclava del señor y la más elevada y engrandecida de las criaturas, la gracia Divina ha ganado, es su victoria total sobre el mal, que apareció en la historia en sus mismos albores con Adán y Eva. Preservada de toda mancha de culpa, según el designio de Dios que quiere, desde siempre la plenitud de vida, de amor, de gozo y de gracia para el hombre.

Celebramos en esta fiesta el designio de la salvación de Dios que tiene en María el punto inmaculado de llegada a la tierra del Verbo de Dios que se hace Hijo del Hombre con la redención que en Él se nos otorga. Pensemos, por ello, especialmente en el esplendor que nace de la humildad del Evangelio, transparente ya en el misterio de la Encarnación en la Virgen Inmaculada, la sin pecado ni mancha original, entre todas bendita, Hija predilecta del Padre, esclava del Señor, adueñada enteramente por Él, mujer fiel configurada enteramente por la fe, ejemplo perfecto de amor a Dios y el prójimo.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, Él ha hecho brotar de María el Sol que nace de lo alto y nos visita para iluminar a los que viven en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Desde ella podemos proclamar aquí está nuestro Dios en medio de los hombres. Dios ha puesto su morada en ella. Ha acampado en ella.

En el designio salvífico de la Santísima Trinidad el misterio de la Encarnación constituye el sobreabundante cumplimiento de la promesa de Dios. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Y en la primera criatura donde sobreabundó esta gracia es en la Santísima Virgen María, la Purísima, la toda limpia, la que ni siquiera rozó, y mucho menos, tocó el pecado.
Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado de aquella enemistad con que ha sido marcada la historia de los hombres. ¡Qué esperanza! Todo puede ser salvado, todo puede ser perdonado y vivificado. Esta elección nos hace percibir la dignidad más profunda del hombre y su destino, nos hace percibir que la vida siempre tiene un destino. Que no cabe el desaliento o la desesperanza. Que hay un futuro para el hombre. Ya está brotando.

Contemplamos admirada y agradecidamente a Santa María, sin pecado concebida, que a la creciente degradación permisiva de las costumbres opone la serena y resuelta energía de la conciencia de la dignidad personal y comunitaria del hombre regenerado en el Bautismo y en la pertenencia a la sociedad de los santos, que es la Iglesia, la cual se siente representada y ensalzada en la humilde y grande Señora del Magníficat. Elegidos para ser santos e irreprochables por el amor.

María, es la primera cristiana, nos lleva y nos acerca a Cristo. Ella es modelo para todos los fieles, y lo es porque nos mueve a imitarla en las actitudes fundamentales de la vida cristiana, actitud de fe, esperanza, caridad y obediencia.
No hay mayor desamparo, ni mayor pobreza para una persona y para un pueblo que la pérdida de la fe, sobre todo si se minimiza el daño y se intenta pasar de largo ante sus efectos deshumanizadores, porque es entonces cuando el interior de las personas y de las sociedades se convierte en un desierto inhóspito.

Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Efectivamente, perdida la fe, el hombre se queda sin luz que ayude a su razón a encontrar la verdad plena, la de su dignidad y la de los caminos de su salvación.

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